La primera semana de cobertura de la escena under porteña no se parece a lo que uno imagina cuando arma la lista de deseos. Entre ensayos que se corren, sellos que responden tarde y salas que confirman a último momento, el plan original se reacomoda solo. Lo interesante es que ese reacomodamiento termina siendo la parte más útil del trabajo.
Arrancamos con tres entrevistas pautadas y una crónica de concierto en Villa Crespo. A los dos días, una de las bandas canceló por una urgencia personal y otra pidió adelantar el encuentro porque viajaba al interior. La agenda se reordenó, pero ganamos algo que no estaba previsto: una charla más larga con el guitarrista de la banda que sí se quedó, donde aparecieron detalles sobre la grabación de su primer disco que no hubieran salido en veinte minutos.
El aprendizaje de esa semana tiene que ver con los márgenes. Cuando el presupuesto es ajustado y el tiempo también, las decisiones se vuelven más claras. No se trata de cubrir todo, sino de elegir bien qué merece la pena. Un lanzamiento local con historia detrás rinde más que tres notas apuradas sin contexto. Esa lógica, simple pero difícil de sostener, define el criterio editorial de esta publicación.
También aprendimos a leer los espacios. Una sala con buena luz y un público que llega temprano cambia la calidad de una crónica. Un taller de serigrafía en San Telmo, con olor a tinta y papel secándose en la pared, ofrece un ángulo que ninguna nota de prensa va a transmitir. La escena se cuenta desde adentro, y eso exige estar presente, aunque sea con una libreta y un teléfono.
La semana cerró con una lista de pendientes más corta de lo esperado y una certeza: el trabajo de campo no se delega. Las notas que funcionan son las que tienen olor a calle, a ensayo, a feria de fanzines. El resto es relleno.